El fin de la paciencia

Marta García Aller.

La llamada no puede ser más inoportuna. Cuando Amparo Lasén descuelga el teléfono para la entrevista concertada con El Independiente, está en casa en medio de una bronca con su hijo adolescente. “Me pillas regular”, contesta educadamente esta profesora de Sociología de la Universidad Complutense, experta en cómo nos está cambiando la era digital.

Lasén lleva estudiando el impacto de los móviles en nuestra vida cotidiana desde los primeros Nokia, y al preguntarle si los smartphones están acabando con la paciencia, ve en la discusión que estaba teniendo con su hijo el mejor ejemplo: “Se enfadó porque porque me dejé el móvil en casa y llevaba dos horas queriendo localizarme… ¡Y cree que le debo una disculpa!”, explica la experta. “Hemos adquirido la costumbre de estar permanentemente accesibles y nos parece insoportable tener que esperar una respuesta de alguien que no está temporalmente localizable”.

La dependencia al móvil no es el único síntoma de que la capacidad de espera ha ido decreciendo estrepitosamente en la última década, desde que llevamos un smartphone en el bolsillo. No hay más que ver la moda de escuchar los podcast y las series al doble de su velocidad real (entre 1,5x y 2x) para acabarlos más rápido. Buzzfeed bautizaba como podfasters a estos usuarios que usan apps como Rightspeed para deglutir audiolibros a mayor velocidad de la normal. 

En realidad, el tiempo como algo aprovechable es un concepto relativamente reciente. Fue la modernidad la que hace un par de siglos nos dio la conciencia del tiempo actual. “Antes de la industrialización, el tiempo no se percibía como algo intercambiable por dinero”, explica Francesc Núñez, director del Máster en Humanidades de la UOC. “Antes del capitalismo, en el tiempo se estaba, pero no era algo que se pudiera perder o acaparar. No era visto como un producto que pudieras malgastar. Por delante tenías la eternidad; en la concepción religiosa de la vida la Tierra era solo un tránsito”.

Desde la llegada de la producción en serie, la llegada del ferrocarril y el telégrafo, el tiempo se hizo crucial medirlo. Y si estas tecnologías tuvieron un papel esencial en nuestra forma de entender cómo aprovechar el tiempo, la vida conectada nos está grabando una nueva forma de entenderlo. “Internet ha explosionado la manera de vivir el tiempo”, afirma Núñez. “Parece que con Google y las redes sociales se pueda trascender la idea del espacio y el tiempo.

Cualquier acción la puedes realizar en cualquier momento y se nos olvida que no lo controlamos”. Y añade: “Ingenuamente nos estamos creyendo como los dioses que vivían por encima del espacio y el tiempo. Tratamos de aprovecharlo tanto que tenemos la sensación de no poder con todo. Nos exigimos mucho más de lo razonable vivir para un día en una vida humana”.

Netflix también agobia 

Con el móvil conectado a internet podemos hacer más cosas que nunca a la vez. Escuchar música al tiempo que elegir una serie, comentar la foto de unos amigos y reenviar un chiste por Whatsapp. “Se ha multiplicado enormemente nuestra relación con el entorno para hacer cosas, pero tanta inmediatez lleva el riesgo de la insatisfacción constante”, afirma Núñez.

“El subidón que la gente tiene con los likes tiene mucho de neuroquímica”, comenta Jordi Vallverdú, profesor del Departamento de Filosofía de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB). “En las redes sociales somos los ratoncitos que dan vueltas buscando recompensa. Seguimos el impulso de satisfacer una necesidad innata a través del móvil, con cada like nos sube la dopamina y nos crea una dependencia”.

Vallverdú, experto en Filosofía de la Computación y Cognitiva, explica que a medida que nuestra vida digital se ha ido haciendo relevante en nuestras relaciones sociales, con la interconexión va desapareciendo también la percepción del espacio y el tiempo. “Facebook no se acaba nunca, siempre está pasando algo. Y si como yo trabajas con equipos de varios países y husos horarios, ni cuando te vas a dormir se para el tiempo. Mi entorno está siempre conectado porque ni las vacaciones ni las horas de descanso de unos coincide con otros. Siempre hay algo pendiente y cada vez es más difícil desconectar. Eso transforma nuestra percepción del tiempo, porque aunque te vayas a dormir todo sigue”.

dependencia digital fin de la paciencia

Artículo tomado de: El Independiente


¡Suscríbete a nuestra newsletter!

Deja un comentario